Nadie contra Polifemo (o: Cómo litigar la Odisea en quince minutos sin que nadie se dé cuenta)
Por José Ramón Narváez H.
Sketch para dos intérpretes — Congreso de Filosofía Arte, y Derecho FIARDE*
FICHA TÉCNICA
Duración: 15 minutos Personajes:
- DRA. HELENA VOSS — filóloga clásica,
especialista en tradición homérica. Solemne, brillante, con un desprecio
íntimo por los abogados que va cediendo poco a poco.
- DR. AGUSTÍN MENA — iusfilósofo, profesor de
hermenéutica jurídica. Empezó su carrera queriendo ser poeta y nunca lo
superó del todo. Cita jurisprudencia como quien cita a Homero.
Espacio: Una mesa de panel
con dos sillas, dos micrófonos, un mantel con el logo (imaginario) del Congreso
de Arte, Filosofía y Derecho. Atrás, una pantalla que en algún momento fallará,
como manda la tradición de todo congreso académico.
Premisa: Los dos han sido
invitados a dar una charla titulada "La Odisea y sus adaptaciones:
fidelidad, traición y verdad poética". La charla se les va de las
manos y termina convertida en la vista oral de un litigio imaginario sobre los
hechos del poema. Nadie lo planeó. Eso es, precisamente, el chiste.
Nota de montaje: El
público debe creer, durante los primeros dos minutos, que está viendo una mesa
académica normal. El sketch funciona porque la ficción tarda en anunciarse.
ESCENA ÚNICA
(Luces. HELENA y AGUSTÍN
entran con carpetas, se sientan, acomodan sus micrófonos con esa lentitud
ceremonial de quien ha hecho esto cien veces. HELENA revisa una laptop. AGUSTÍN
bebe agua de un vaso que no volverá a tocar.)
HELENA: (al público,
tono de apertura de congreso) Buenas tardes. Agradecemos al comité
organizador del Congreso de Arte, Filosofía y Derecho la invitación a esta
mesa, titulada, cito textualmente el programa, "La Odisea y sus
adaptaciones: fidelidad, traición y verdad poética". Un título largo. Como
casi todos los títulos que se aprueban en comité.
AGUSTÍN: Un título, diría
yo, con vocación de excepción de improcedencia.
HELENA: (sin mirarlo)
Empezamos bien.
AGUSTÍN: Es una broma de
entrada, Helena. Un chiste que se cae por su propio peso, como suele decirse entre
los cultores del balancing test.
HELENA: (al público)
El doctor Mena es profesor de filosofía del derecho. Llevamos tres congresos
compartiendo mesa. Todavía no logro que hable quince minutos sin citar un
código.
AGUSTÍN: Y usted todavía
no logra hablar quince minutos sin corregirme el griego.
HELENA: Porque lo dice
mal.
AGUSTÍN: Lo digo distinto.
Es una cuestión hermenéutica.
(Pausa. Se miran. Vuelven al
público, como si nada.)
HELENA: La pregunta que
nos convoca es sencilla: ¿puede adaptarse un clásico sin traicionarlo? Yo
sostengo que toda adaptación es, por definición, una infidelidad necesaria.
AGUSTÍN: Y yo sostengo que
eso, dicho así, es jurídicamente impreciso. Infidelidad supone un deber previo
de fidelidad. Y aquí la pregunta de fondo es otra: ¿quién tiene legitimación
para reclamar fidelidad a Homero? ¿Homero mismo, que está muerto y por tanto
carece de personalidad jurídica? ¿La tradición? ¿Ustedes, los filólogos, que se
han autoerigido en... digamos... albaceas del texto?
HELENA: (seca)
Albaceas. Qué bonito. Llevamos dos mil ochocientos años cuidando ese texto y
usted lo resuelve con una palabra de derecho sucesorio.
AGUSTÍN: El derecho
sucesorio es más elegante de lo que usted cree.
HELENA: (a la pantalla,
que no responde) ¿Podemos avanzar la diapositiva, por favor? ...No. Bien.
Seguimos sin diapositiva, como Odiseo sin nave.
AGUSTÍN: Ahí tiene una
adaptación espontánea. Y nadie protestó.
HELENA: (ignorándolo,
retoma el tono docto) Tomemos un pasaje concreto. El regreso de Odiseo a
Ítaca. Veinte años de ausencia. Una esposa, Penélope, asediada por ciento ocho
pretendientes que ocupan su casa, consumen su patrimonio y presionan el
matrimonio.
AGUSTÍN: Ahí hay un caso,
Helena.
HELENA: Ahí hay un poema,
Agustín.
AGUSTÍN: Ahí hay ambas
cosas y usted lo sabe. Analicemos el asunto con calma: un bien inmueble ocupado
durante años por terceros que actúan, cuando menos, de mala fe. Consumen los
frutos —literalmente, se comen el ganado de la casa—, sin título alguno. Eso,
en cualquier código civil decente, se llama posesión ilegítima de mala fe,
con obligación de restituir frutos percibidos.
HELENA: Son pretendientes,
no okupas.
AGUSTÍN: Son pretendientes
ocupando un inmueble sin consentimiento del propietario ausente. El
nombre técnico es lo de menos.
HELENA: (al público,
casi divertida a su pesar) Damas y caballeros, así lleva veinte años. Todo
lo convierte en expediente.
AGUSTÍN: Y usted todo lo
convierte en metáfora, que es más cómodo, pero resuelve menos.
HELENA: (recomponiéndose,
vuelve al tono de ponencia) Sigamos. Mientras tanto, Penélope idea un
ardid: teje de día un sudario para su suegro Laertes y lo desteje de noche,
prometiendo decidirse cuando termine la labor. Así posterga la decisión durante
años.
AGUSTÍN: (iluminándose,
literalmente se para un poco) Ahí. Ahí está. Eso, Helena, con todo respeto
a la tradición filológica, no es una metáfora del tiempo ni de la astucia
femenina ni de nada por el estilo. Eso es una suspensión del procedimiento
por tiempo indefinido mediante actos dilatorios reiterados. Penélope no
está tejiendo un sudario. Penélope está promoviendo un amparo cada noche.
HELENA: ¿Perdón?
AGUSTÍN: Un recurso
dilatorio, mínimo. Ella no dice "no". Ella no dice "sí".
Ella genera una condición suspensiva, cumple de día lo pactado y de noche lo
revierte, y así impide que el plazo corra en su contra. Eso tiene un nombre en
cualquier manual de derecho procesal: dilación de mala fe, pura temeridad
procesal, aunque en este caso, hay que decirlo, es de buena fe, porque el
fin es legítimo: ganar tiempo para el regreso del cónyuge.
HELENA: (seria de
pronto, interesada a su pesar) ...Es la primera vez en tres congresos que
dice algo que no me da ganas de interrumpirlo.
AGUSTÍN: Anótelo. No se va
a repetir.
HELENA: (retomando,
pero ahora genuinamente enganchada) Si seguimos su lógica, entonces
Telémaco, el hijo, que durante el poema pasa de muchacho indeciso a hombre
capaz de tender el arco de su padre...
AGUSTÍN: Alcanza la
mayoría de edad. En términos llanos: adquiere capacidad de ejercicio. Deja de
ser menor tutelado por la costumbre y se convierte en sujeto con legitimación
activa para defender el patrimonio familiar.
HELENA: Es un viaje de
formación, Agustín. Un bildungsroman antes del bildungsroman.
AGUSTÍN: Es también,
técnicamente, la emancipación de un menor. Ambas cosas pueden ser ciertas. No
sé por qué a ustedes les cuesta tanto aceptar que un mito puede ser,
simultáneamente, precioso y preciso.
(Silencio breve. Se sostienen
la mirada. Algo ha cambiado en el tono: ya no están performando la mesa, están
discutiendo de verdad.)
HELENA: (despacio)
Está bien. Concédame uno. El episodio del Cíclope.
AGUSTÍN: (sonríe, sabe
que ganó algo) El episodio del Cíclope es, sin exagerar, el pasaje
jurídicamente más sofisticado de toda la literatura occidental.
HELENA: Ahí sí que no.
AGUSTÍN: Óigame. Odiseo
queda atrapado en la cueva de Polifemo. El cíclope se está comiendo a su
tripulación, uno por uno, cada noche. Odiseo necesita cegarlo para escapar,
pero sabe que, si lo hace, los demás cíclopes de la isla acudirán al grito de
auxilio de Polifemo. Entonces, antes de actuar, se presenta ante el monstruo
con un nombre falso: "Nadie". Outis.
HELENA: Lo sé, Agustín,
soy filóloga clásica.
AGUSTÍN: Entonces sabe lo
que sigue. Ciega al cíclope. Los demás cíclopes, al oírlo gritar, le preguntan
quién lo ataca. Y Polifemo responde, textual: "Nadie me mata con
engaño." Y los otros, razonablemente, se van, porque si "nadie"
lo ataca, no hay nada que socorrer.
(Pausa. AGUSTÍN se para
completamente, ya en modo litigante.)
AGUSTÍN: Helena. Eso es
uso instrumental de una identidad falsa para eludir la atribución de
responsabilidad penal ante terceros. Es, con perdón, el primer testaferro de la
historia de la literatura. Odiseo no inventa un alias por capricho poético: lo
inventa porque sabe que el nombre es la llave de la imputación. Sin nombre, no
hay sujeto. Sin sujeto, no hay delito perseguible. Es una defensa procesal
disfrazada de ingenio épico.
HELENA: (se levanta
también, ahora genuinamente indignada, pero por el argumento, no por la
persona) No. No, no, no. Ahí se equivoca, y se equivoca gravemente. Ese
pasaje no es sobre impunidad. Es sobre el precio de la identidad. Porque, ¿qué
hace Odiseo apenas se aleja en su nave, ya a salvo?
AGUSTÍN: ...
HELENA: Grita su verdadero
nombre al cíclope. "¡Soy Odiseo, saqueador de ciudades, hijo de
Laertes!" Renuncia voluntariamente al anonimato que lo salvó. Y eso,
doctor, en su propio lenguaje, es una confesión espontánea sin coacción
que expone al confesante a una represalia mayor: la maldición de Poseidón,
padre del cíclope, que perseguirá a Odiseo diez años más.
AGUSTÍN: (se detiene,
genuinamente descolocado) ...Eso es cierto.
HELENA: El poema entero
castiga precisamente el gesto jurídico que usted celebra. Usar
"Nadie" lo salva. Reclamar "Odiseo" lo condena. Homero está
diciendo, dos mil ochocientos años antes que cualquier manual de derecho
procesal, que el nombre propio tiene un costo.
(Silencio largo. Los dos se
miran. Algo se ha roto: ya no es panel, es proceso.)
AGUSTÍN: (despacio,
casi para sí) Entonces la pregunta no es si Odiseo cometió un delito.
HELENA: La pregunta es si
tenía derecho a guardar silencio y decidió no ejercerlo.
(Los dos se giran, casi al
unísono, hacia el público, como si acabaran de descubrir que ahí hay un
tribunal.)
AGUSTÍN: (al público,
ya sin ningún disimulo académico) Con el permiso del comité organizador...
propongo que constituyamos, aquí y ahora, un tribunal ad hoc.
HELENA: (sin poder
creer lo que está a punto de decir, pero diciéndolo) Secundo la moción.
AGUSTÍN: (señalando al
público) Ustedes son el jurado. (a Helena) Usted, defensora de
Odiseo.
HELENA: ¿Yo? Usted es el
abogado.
AGUSTÍN: Y por eso mismo
voy a acusarlo. Alguien tiene que sostener la fiscalía, Helena, y a mí ya se me
ocurrieron los cargos.
HELENA: (resignándose,
casi disfrutándolo) Está bien. Pero conste que esto no estaba en el
programa del congreso.
AGUSTÍN: Nada de lo bueno
está nunca en el programa del congreso.
(Se acomodan, ahora frente a
frente, como litigantes. La luz puede virar levemente, si el montaje lo
permite, a un tono más frío, "de sala".)
AGUSTÍN: (leyendo
cargos, con solemnidad exagerada de fiscal) Odiseo, hijo de Laertes: se le
imputa homicidio calificado en agravio de un ser que, aunque monstruoso,
habitaba pacíficamente su propia cueva; uso de identidad falsa con fines de
evasión de responsabilidad; y, contra los pretendientes, en el canto final, una
masacre de ciento ocho personas sin proceso previo, sin audiencia, sin
oportunidad de defensa. Eso, señoras y señores del jurado, en cualquier sistema
que se precie de garantista, se llama ejecución sumaria.
HELENA: (tomando el
rol, con el mismo fervor) Objeción, si se me permite el término aunque no
estemos en tribunal real. Los pretendientes llevaban tres años ocupando una
vivienda ajena, consumiendo el patrimonio de un menor no emancipado, acosando a
una mujer sin más protección legal que su propio ingenio, y planeando, además,
asesinar a Telémaco para heredar impunemente. Eso no es una masacre sin
proceso. Eso es, en el peor de los casos, legítima defensa de terceros con
exceso. Y en el mejor, justicia restitutiva tardía.
AGUSTÍN: ¡Veinte años de
ausencia no dan patente de corso para volver y ejecutar a ciento ocho personas
sin juicio!
HELENA: ¡La ausencia fue
involuntaria! ¡Hubo caso fortuito, tormentas, cautiverio en una isla por una
diosa que no aceptaba un "no"! ¿Eso también se lo cargamos a mi
cliente?
AGUSTÍN: (pillado,
cambia de estrategia, señala a la pantalla que sigue sin proyectar nada) ¡Y
ni siquiera tenemos las pruebas documentales porque la diapositiva no carga, lo
cual, dicho sea de paso, es exactamente lo que le pasa a la justicia de este
país cuando el expediente se extravía en el traslado entre juzgados!
HELENA: (se detiene en
seco, mirándolo) ...Eso último ya no es de la Odisea.
AGUSTÍN: (respira, se
sienta, avergonzado a medias) No. No, tiene razón. Se me fue.
(Pausa. Ambos ríen, se sueltan
un momento del personaje. Vuelven a ser, brevemente, los dos académicos
cansados del principio.)
HELENA: (recomponiéndose,
ya sentada de nuevo, hablándole al público directamente, más íntima) Damas
y caballeros, esto —lo que acaban de presenciar— no estaba en la ponencia. Iba
a hablarles de fidelidad textual, de traducción, de qué tanto puede cambiar un
clásico sin dejar de serlo.
AGUSTÍN: (también
recomponiéndose) Y yo iba a hablarles de hermenéutica jurídica, de cómo
interpretamos normas viejas con ojos nuevos sin traicionar su sentido.
HELENA: Pero resulta que
discutiendo, sin darnos cuenta, hicimos exactamente lo que veníamos a explicar.
AGUSTÍN: Adaptamos la
Odisea. En vivo. Sin permiso de nadie. Ni siquiera el nuestro.
HELENA: (al público,
con una sonrisa que por fin es genuina) Porque quizás esa es la verdadera
respuesta a la pregunta del programa. No hay forma de hablar de un clásico sin,
de algún modo, ponerlo de nuevo en juicio. Cada lectura es una vista oral. Cada
generación es un jurado distinto.
AGUSTÍN: (levantándose,
cerrando) Y cada intento de defenderlo tal cual fue... ya es, él mismo, una
forma de traicionarlo un poco.
HELENA: (levantándose
también) Así que no vamos a darles un veredicto.
AGUSTÍN: Se los vamos a
dejar a ustedes, que son, después de todo, el jurado que convocamos hace diez
minutos sin su consentimiento.
HELENA: (recogiendo sus
papeles, tono final de cierre de congreso) Muchas gracias por su atención.
Y una última recomendación, ya que estamos entre colegas de derecho: la próxima
vez que alguien les diga que va a "adaptar un clásico sin
traicionarlo"...
AGUSTÍN: Llévenlo a juicio.
(Se miran, recogen sus cosas,
salen. Apagón.)
FIN
NOTAS PARA LA PUESTA EN ESCENA
- Ritmo: el sketch depende de que el primer
tercio se sienta genuinamente como una mesa académica aburrida y
reconocible —silencios, torpeza con la tecnología, cortesía tensa entre
colegas—, para que el giro hacia el "juicio" improvisado golpee
como algo que se les escapó de las manos, no como algo anunciado.
- El chiste de la diapositiva puede repetirse
una tercera vez cerca del final para cerrar el gag visualmente, si hay
pantalla real en el Salón de los Candiles.
- Vestuario sugerido: trajes de panelista de
congreso (blazer, gafas, credencial colgada al cuello) que, en el momento
del "juicio", pueden alterarse mínimamente —Agustín se afloja la
corbata, Helena se quita los lentes— para marcar visualmente el quiebre de
registro sin necesidad de cambio de vestuario completo.
- Interacción con el público real del congreso:
si se desea mayor riesgo escénico, "Agustín" puede señalar
literalmente a alguien del público real al decir "ustedes son el
jurado", generando el efecto de que el congreso mismo ha sido
secuestrado por la ficción — que es, de hecho, el tema del sketch.
- Duración real estimada: con las pausas y el ritmo cómico bien trabajado, el texto rinde entre 13 y 16 minutos en escena
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