El Automóvil Gris: La Construcción de la verdad pública y el constitucionalismo
"El Automóvil Gris"
(1919) de Enrique Rosas representa uno de los casos más fascinantes y
perturbadores del cine silente mexicano: una película que nació como documento
de la justicia revolucionaria y terminó siendo el instrumento perfecto para
blanquear la corrupción del poder. Mientras en Querétaro se debatían los
ideales constitucionalistas que supuestamente guiarían a la nueva nación
mexicana, en Ciudad de México se desplegaba un espectáculo cinematográfico que
evidenciaba la distancia abismal entre el discurso revolucionario y la práctica
gubernamental.
La historia detrás de la
filmación revela un mecanismo de manipulación mediática sorprendentemente
moderno. El involucrado principal fue el general Pablo González, quien tenía
aspiraciones electorales, en la película aparece como el héroe que capturó a la
banda de "El Automóvil Gris", pero posiblemente guardaba un grado de complicidad
en los crímenes que asolaron la capital entre 1915 y 1916, aunque hay que
reconocer también la participación del general Juan Merigo quien posiblemente
era el interlocutor con el líder de la banda, Higinio Granda. La participación
del gobierno de la Ciudad de México en el proyecto cinematográfico no fue
casualidad ni mero oportunismo: fue una operación calculada de propaganda donde
el aparato militar constitucionalista —sus uniformes, sus vehículos, sus
papeles oficiales— se prestó para construir una narrativa heroica completamente
falsa.
Lo verdaderamente perverso del
caso es que González comprendió el poder del cine como constructor de realidad.
Al permitir que Rosas filmara el proceso judicial y los eventos subsecuentes,
el general no solo documentaba una supuesta victoria contra el crimen, sino que
manufacturaba evidencia de su propia rectitud. El cine, apenas en su infancia
como medio masivo, ya era entendido por el poder como herramienta de control
narrativo.
La realidad se filtraba por las
grietas de esta ficción oficial. La amante del general, María Conesa, cantante
famosa de la época, luciendo una de las joyas robadas en el teatro no era un
detalle menor: era la confesión involuntaria de que el botín había llegado a
manos de quienes supuestamente combatían el delito. La conexión entre Conesa y
González añade también una dimensión de cómo el poder revolucionario se
entrelazaba con el mundo del espectáculo y la farándula. El general no solo
usaba el cine como propaganda, sino que su vida personal estaba vinculada a las
figuras más visibles del entretenimiento capitalino, como también es el caso de
Mimí Derba, particularmente interesante porque ella no solo era actriz sino
también productora y una figura fundamental del cine silente mexicano (de
hecho, cofundó la primera productora cinematográfica mexicana, Azteca Films).
Su presencia en estos rumores añade otra capa de complejidad a la relación
entre el mundo del espectáculo y el poder político-militar de la época.
Los rumores en sí mismos son
reveladores: el hecho de que circularan historias vinculando a las figuras más
glamorosas del espectáculo mexicano con joyas robadas y generales
revolucionarios habla de cómo se percibía públicamente la relación entre poder,
riqueza ilícita y celebridad. Aunque no fueran ciertos, estos rumores
reflejaban una sospecha generalizada sobre la corrupción del régimen.
La película incluye un fusilamiento
real como supuesta advertencia a los delincuentes de la época, pero los
fusilados no eran los miembros de la banda, así que esta escena, constituye uno
de los primeros ejemplos cinematográficos de montaje institucional. Al filmar
ejecuciones de inocentes mientras los verdaderos criminales —o al menos algunos
de ellos— eran liberados discretamente, González y Rosas no solo engañaban al
público contemporáneo: estaban fabricando un registro histórico fraudulento que
perduraría en el archivo visual de la nación. La película se convertía así en
documento y mentira simultáneamente, en prueba de un crimen que nunca ocurrió
como se mostraba.
Este uso del montaje
cinematográfico para alterar la verdad histórica anticipa las técnicas de
propaganda que perfeccionarían regímenes autoritarios décadas después. La
diferencia es que González y Merigo operaban en un contexto revolucionario que
se proclamaba liberador y constitucionalista, lo que hace la traición más
profunda.
La simultaneidad temporal es
devastadora en su significado: mientras en Querétaro se redactaba la
Constitución de 1917 —documento que prometía justicia social, derechos
laborales y reforma agraria—, en Ciudad de México se saqueaban casas con
vehículos oficiales y complicidad gubernamental. Esta contradicción no era
accidental ni excepcional: era la norma operativa del constitucionalismo
carrancista.
El gobierno revolucionario, que
legitimaba su poder en nombre del pueblo y la legalidad, permitía y participaba
del despojo sistemático. Los "robos del Automóvil Gris" no eran obra
de delincuentes externos al sistema, sino expresión del funcionamiento real del
poder revolucionario: un aparato que combinaba retórica progresista con
prácticas de rapiña.
El caso establece un patrón que
se volvería recurrente en la historia política mexicana: la gestión pública
como oportunidad de enriquecimiento ilícito, la alianza entre autoridad y
delincuencia, y la construcción de narrativas oficiales para ocultar la corrupción.
González no solo robó: convirtió su crimen en épica cinematográfica. No solo
quedó impune: se proyectó como héroe.
Esta impunidad no fue casual ni
resultado de fallas del sistema judicial. Fue consecuencia directa del control
del aparato de Estado, incluyendo los medios de representación pública. Cuando
el poder controla no solo la ley sino también las narrativas culturales —en
este caso, el cine—, la posibilidad de rendición de cuentas se desvanece.
Lo que "El Automóvil
Gris" revela no es solo un caso de corrupción individual sino un
contubernio estructural entre varios poderes: militar, político, judicial y
mediático. Cada uno jugó su papel en la construcción y sostenimiento de la
mentira. El ejército prestó sus recursos; el gobierno permitió la operación; el
sistema judicial validó la farsa; y el cine produjo la versión oficial que el
público consumiría.
Este entramado de complicidades
muestra que la corrupción revolucionaria no era desvío del ideal sino modo de
operación del régimen. El constitucionalismo, en la práctica, convivía
cómodamente con el robo institucional.
Irónicamente, la película que
buscaba glorificar al poder terminó preservando evidencia de su corrupción. Las
contradicciones visibles —la joya robada exhibida públicamente, la teatralidad
evidente de ciertas escenas— funcionan hoy como documento de la manipulación.
"El Automóvil Gris" es simultáneamente propaganda y confesión,
mentira oficial y prueba histórica.
El film establece un precedente
sombrío sobre la relación entre poder, medios y verdad en México: la capacidad
del Estado para manufacturar realidades convenientes, la disposición de
instituciones revolucionarias a traicionar sus principios, y la persistencia de
la impunidad cuando quien comete el crimen controla también su representación.
En ese sentido, la película no solo documenta un episodio criminal de la Ciudad
de México revolucionaria, sino que anticipa las estructuras de opacidad y
simulación que caracterizarían gran parte de la gestión pública mexicana del
siglo XX.
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