Don Jorge, agudeza e ingenio

          


                                                                                                                       

                                                                                                                                Por Manuel de J. Jiménez

 

Cuando amablemente el Dr Yuri Pavón me solicitó participar en estas jornadas de homenaje al Dr. Jorge Fernández Ruiz y después de escuchar varias mesas los días anteriores, me pregunté qué podría decir de un hombre tan completo e íntegro como lo fue don Jorge. Hay tantas cosas de qué hablar que uno queda apabullado con la historia y obra de un profesor de estas dimensiones. Logró todo lo que un académico en nuestro país puede hacer, por ejemplo, profesor emérito por la UNAM e investigador emérito por el Conahcyt. No podía yo hablar de su legado imprescindible en el derecho administrativo, puesto que aquí se han pronuciado voces mucho más autorizadas que yo y, desde ese punto de vista, no podría considerarme su discípulo. Pero sí puedo decir que su figura como jurista para mí fue modélica y me ha inspirado a mantener la fortaleza ante la adversidad, la pasión por la academia y el espíritu incansable para seguir leyendo y escribiendo. Sigo como puedo los pasos de un gigante, pues sus huellas son aún inconmesurables. Nunca lo vi quejarse, siempre atento a los llamados y con una memoria prodigiosa que lo hacía ser siempre agudo.

         Quiero reflexionar un poco más sobre este adjetivo: “agudo”. Baltasar Gracián dijo que la agudeza, que clasificó y describió a lo largo de su obra, era “pasto del alma, ambrosía del espíritu”. Asimismo, para Gracián el “Entendimiento sin conceptos es sol sin rayos; y cuantos brillan en las celestes lumbreras son materiales comparados con los del ingenio”. Don Jorge, para mí, era hombre de agudeza e ingenio.

En una ocasión yo no recordaba los nombre de tales personas que en un momento se requerían. Entonces con su voz me dijo: “Tomese la pastilla para la memoria” y después de unos segundo enumeró todos los nombres como letanía. Me dio mucha pena y, desde allí, siempre que iba a hablar con don Jorge, preparaba mentalmente todos los datos necesarios. Conocí a don Jorge cuando tomó la dirección de la Revista de la Facultad de Derecho de México, en 2016, y desde un inicio hizo gala de una de sus virtudes cardinales: la generosidad. Me apoyó con determinación sin conocerme, pues me dio el espaldarazo para ingresar al SIJA e irme a entrevistar con el Dr. Raúl Contreras Bustamante. Cuando llegué a la oficina del director, lo primero que me preguntó fue: “¿cuánto tiempo tiene de conocer a mi amigo el Dr. Jorge Fernández Ruiz”, a lo que contesté: “Desde el día que lo designó director de la Revista”. Entonces su reacción fue una mezcla de sorpresa y extrañeza. Así de generoso era don Jorge, sin esa recomendación inicial, probablemente mi vida hubiese sido muy distinta.

Traigo esto a colación porque a lo largo de estas sesiones de homenaje, he conocido otra faceta de don Jorge, más íntima y familiar, que calza perfectamente con su trayectoria académica y calidad humana. Dar a conocer en testimonios las anécdotas que colegas de la UNAM y de otras universidades es necesario para pervivir su memoria e impacto en nuestras vidas y que su figura nunca caiga en el olvido. En este sentido, la construcción paulatina de un anecdotario sobre el Dr. Jorge Fernández Ruiz es significativo porque su recuerdo se mantiene como eje en nuestras vidas y permanencia cotidiana, por ejemplo, ante un problema corriente en la Universidad preguntarse acaso: “¿Qué haría don Jorge en esta situación?”. Además, la construcción colectiva y común de un anecdotario de su persona no solo genera comunidad entre quienes lo quisimos y admiramos, sino que permite activar a través de nuestros testimonios y recuerdos una especie de retrato hablado del Dr. Jorge Fernández Ruiz que nos permite mantener siempre su fisonomía y rasgos en nuestros corazones.

De tal suerte que me gustaría compartirles un recuerdo de los muchos que tuve con el doctor, pues conté con la fortuna de trabajar a su lado durante ocho años. Esto, sin duda, terminó de formarme como profesional y académico. A inicios de mayo de 2018, acompañé al doctor en un viaje a San José, Costa Rica, para fundar una red de revistas jurídicas latinoamericanas. Decidí viajar ligero con una maleta de equipaje de mano, pero don Jorge me ganó pues él viajó con un maletín. Cuando caminaba, lo hacía rápido, y en más de una ocasión, me dejó atrás. Ya en la sala de abordaje, escudriñó en su maletín, me volteó a ver y me dijo: “Maestro, creo que olvidé mis pastillas, no las traigo”. No supe cómo reaccionar, me alerté y pensé que perderiamos el vuelo, que no podría viajar al extranjero sin el medicamento de don Jorge. Por fortuna, después de revisar bien, encontró su pastillero y pudimos abordar el avión. Únicamente faltaba una pastilla que estuvimos buscando en varias farmacias de San José hasta encontrarla en el quinto intento. El cuatro de mayo se firmó la Acta Constitutiva de la Red Internacional de Revistas Jurídicas donde fungí como secretario y, por unanimidad, el Dr. Jorge resultó presidente de dicha Red. Al anochecer, nos dispusimos a descansar en el hotel, pero yo quise salir por el centro de la capital constarrisense para desestresarme y divertirme un poco. Recuerdo que toqué su puerta y le hice saber mi plan. Él me volteó a ver fijamente y me respondió: “Lástima que yo ya no puedo acompañarlo por allí para divertirnos, ganas no me faltan. Le doy permiso porque fue una misión cumplida”.

         Tengo la costumbre de escribir sonetos para juristas que me han marcado de alguna manera, por eso les comparto el siguiente que escribí antier pensando en don Jorge, su figura y viaje final:

 

Un ovillo a punto de colorearse

de negro. Una luz aguanta, espera

la última línea para encontrarse

en la blanca plenitud de la esfera.

La pasión cierta suele dedicarse

con agudeza e ingenio. Él supera

los silencios de la ley: concentrarse

bajo un jardin que siempre prolifera.

Un ala del sombrero, movimiento

muscular, cuando vistas resplandecen.

Compases, coma, aire meditabundo.

Hoy, después de todo el conocimiento,

libros quedan y pasos enmudecen.

Camina él tras otro canto del mundo.

 

Quiero decirles que para mí fue un honor compartir con don Jorge los últimos años de su vida y conocer al profesor sabio y generoso, alguien que nunca olvidaré, por eso los invito a que lo mantengamos vivo en nuestro pensamiento del día a día, ahora que nos ha dejado en un mundo que no será lo mismo sin él. Busco resignarme a su pérdida física. Como amante del idioma que fue, no me queda más que despedirme con la palabra más triste que inventó la lengua de Cervantes: “adiós”.


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