Iván Rodríguez Chávez, latinoamericanista jurídico-literario
Por Manuel
de J. Jiménez
Siempre es una amarga tristeza
enterarse del fallecimiento de un profesor, sobre todo, si nos enseñó algo
significativo en la senda de la vida. El pasado 29 de diciembre murió Iván
Rodríguez Chávez (1941-2023) en Lima. Fue un docente en el amplio sentido de la
palabra, no solo por el título nominal de Doctor en Educación, sino por su
compromiso y praxis con el saber, el ejercicio constante de las humanidades y
el combate a las injusticias epistémicas –diría Miranda Fricker y otros– que
ocurren en el Perú. No puedo decir que tomé clase con él, tuve apenas la
oportunidad de conocerlo el pasado 22 de noviembre. Eso no quita que, con su sobria
presencia, sus largas intervenciones y propuestas innovadoras, dejara en mí una
impresión indeleble en el Primer Congreso Internacional sobre Derecho y
Literatura en América Latina, evento que homenajeaba su trayectoria.
El
profesor Rodríguez Chávez poseía una genuina vocación pedagógica y, con los
años, eso lo llevó a ser rector de la Universidad Ricardo Palma. Sin la
dedicación y la visión de mundo del intelectual sanmarquino, dicha institución
no se alzaría con el prestigio que acumuló en las últimas décadas. No obstante,
estas líneas no se dedican a redactar una semblanza curricular o una sucinta
hoja de vida. Más bien, me gustaría dar tres razones que abonan a entender con
mayor claridad el legado de Iván Rodríguez Chávez en el campo del derecho y
literatura (DyL) latinoamericano.
Primera razón: hay que otorgarle
el lugar de verdadero pionero de estos estudios interdisciplinares. En 1982 publicó
El
Derecho en El mundo es ancho y ajeno. Se trataba de una época en la que
esto era una incómoda rareza en las universidades de nuestros países. Se puede
objetar que otros, como Ulises Schmill en México, publicaron libros de DyL a
inicios de esa misma década. En efecto, La conducta del jabalí de Schmill
apareció un año después. Sin embargo, la tremenda diferencia está en que
Rodríguez Chávez escribió tres libros más, mientras que el mexicano no volvió a
publicar libro sobre el asunto. Además, esto coincide con el tiempo de
publicación en Estados Unidos de Heracles' Bow (1985) de James Boyd
White o Doing What Comes Naturally (1989) de Stanley Fish.
Segunda razón: hay que darle el crédito a Rodríguez Chávez de que desde sus primeros estudios pensó la interdisciplina sin un afán eurocéntrico o tributario de las tradiciones anglófonas. Sin tener demasiada conciencia o respeto de lo que se estaba haciendo en Estados Unidos, él empezó a trabajar por su cuenta a sus escritores con cariño y rigor. Entre ellos, Ciro Alegría y César Vallejo. Lo anterior ayuda a todos nosotros a seguir ese movimiento y reunir esfuerzos en favor de la construcción de un canon o contra-canon literario de DyL latinoamericano. Esta constelación de escritores estaría integrada –además de los anteriores– por Pablo Palacio, Clarice Lispector, Hugo Lindo, Rosario Castellanos, entre otres.
Tercera razón: La manera de articular los enlaces de DyL en los textos de Rodríguez Chávez no era únicamente descriptiva, pues se catapulta una praxis en favor de los estudiantes, estimulando en ellos un sentido crítico y humanístico de las ciencias jurídicas. En el esquema epistemológico dibujado a lo largo de los años, en el espacio abierto entre el derecho y la literatura no se edificó un puente insospechado de modo milagroso, pues el material de construcción debía ser el más básico: la pedagogía. Lector de Mariátegui y Freire, Rodríguez Chávez sabía que esta inusitada interdisciplina tiene entre sus objetivos superar una suerte de pedagogía del burócrata que atesta las escuelas de derecho. Quizás por eso, dedicó a este asunto su último libro, que puede entenderse como su testamento iuspoético: Hermenéutica literario-jurídica. Ejercicios.
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