Las palabras de Javier y David

 


Por Manuel de J. Jiménez

Por ahí leí a varios clásicos y contemporáneos que mantienen la siguiente idea: cuando muere un poeta, algo en la lengua también muere con ellos. No me pidan ahora la referencia, porque no la tengo. Ya me dirán ustedes después. Lo que me interesa es patentizar su sentido. El dos de octubre no se olvida, lo sabemos desde la plaza de las Tres Culturas. Este 2022 tampoco se olvidará, porque murió Javier Raya (1985-2022). Fue un poeta lúcido, que operaba como un optometrista de la realidad. La mirada focalizada, sin dobles, era su arte. Por eso escribió un poema que es ineludible en nuestra poesía política contemporánea, originalmente pensado como una pieza de spoken word: “Disentimientos de la nación”. Más allá de ejercer el famoso derecho a disentir, el poema comienza con el verbo que preconiza una potente anáfora, refutando la belicosidad del himno nacional. El texto además roza con lo que la dogmática penal podría calificar como delito –recordemos lo que pasó con Sergio Witz− ¿Acaso hay algo más revolucionario y subversivo que esta invitación?

 

Una lucha empieza así: disiento.

 

Disiento cuando dejo de creer en tu himno:

no, patria, no soy un soldado que en cada hijo te dio,

no soy un hijo de ningún concepto nacional

aunque retumben en sus centros la tierra, Masiosare,

porque no puedo estar a favor de tanto

bélico acento.

 

Hace aproximadamente quince años, con Raya fuimos a la clase de David Huerta (1949-2022) en la FFyL de la UNAM, quien fue un maestro generoso y trascendental para mí en aquel curso que tomé junto a jóvenes poetas que hoy admiro por lo que escriben y sienten en sus poemas. Por trabajo, por desidia o porque esperaba un momento especial, no fui a ver a David para charlar y dejar que me iluminara una vez más con sus palabras. Hoy me arrepiento con tristeza. Solía encontrarlo en la librería Rosario Castellanos. Recuerdo que una vez, al hablarle de derecho y literatura, me mandó a revisar un fragmento eliminado de las Soledades. Otras tantas, le saludaba rápido en alguna lectura y la última vez que estreché su mano fue al salir de una presentación en una feria del libro de Minería, antes de la pandemia, cuando la gente se tomaba de las manos.

Fui a su sepelio –el tres de octubre− y me encontré con poetas, alumnos, profesores, editores, escritores y amigos que lo amaban como el hombre de conversación franca y alegre que fue. Formó a muchísimas personas de distintos modos y todos estábamos allí haciendo un ritual por las palabras del castellano que se apagaban irremediablemente sin su genio. Por supuesto la lengua seguirá viviendo en otras voces y sucederá el deseo que Yaxkin Melchy envió desde Japón: “Que el bello aliento del castellano le cuide”. Esa tarde, esa noche, en su féretro estaba la foja de Martín Pescador con el poema “Ayotzinapa”. Me despedí de David mientras leía los primeros versos que imaginé como su testamento poético. El poema también puede leerse en un muro del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, donde lo escribió el día de muertos de 2014. La primera estrofa dice:

 

Mordemos la sombra

Y en la sombra

Aparecen los muertos

Como luces y frutos

Como vasos de sangre

Como piedras de abismo

Como ramas y frondas

De dulces vísceras

 

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