Impulsos lopezvelardeanos
Por Manuel de J. Jiménez
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El pasado 19 de junio se cumplió el centenario luctuoso de un poeta con nombre de abogado: Ramón Modesto López Velarde Berumen. En realidad, fue las dos cosas. Ahora, la mayoría de l@s mexican@s conocemos esa fotografía frontal, donde el jerezano parece querer sonreírnos con su boca que se pinta debajo de un bigote bien recortado. Falta aún que aparezca en un billete, pienso. Muchos de los que pertenecemos a más de una generación siglo-veinteañera, todavía nos tocó leer y estudiar “La suave patria” en el colegio. Jocelyn lo sabe de memoria y en los últimos días la he estado molestando constantemente, pidiendo que me recite tal o cual parte.
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Veo una esquela de hace cien años. La escribió el entonces Rector de la Universidad, José Vasconcelos, quien da cuenta que el finado era profesor de la Facultad de Altos Estudios y de la Escuela Nacional Preparatoria, además de ser redactor de El maestro. Días antes se había publicado nuestro poema nacional que, según la fecha plasmada al final de los versos, se terminó de escribir el 24 de abril de 1921. No hay nada fuera de lo común en las palabras formularias de ese rectángulo lúgubre, salvo que la autoridad universitaria consigna: «gloria de las letras patrias». El hado ya había actuado de muchos modos. López Velarde sería, no sólo por su insigne poema, nuestra última gloria de la era letrada.
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El pasado 19 de junio, en mi clase de Oratoria Forense y junto a mi colega, el Mtro. Carlos Martínez Loza, decidimos hacer un debate intergrupal considerando el tema de los alcances y límites de la libertad de expresión. Meses antes preparamos el caso que íbamos a abordar y el formato del debate. Quizás de manera inconsciente, sin pensarlo mucho, se nos vino a la mente el famoso caso del poema de Sergio Witz, quien llegó hasta la SCJN hace algunos años por su escandaloso texto y su probable responsabilidad en la comisión del delito establecido en el artículo 191 del Código Penal Federal. Entre ello, estaba la libertad creativa, los derechos culturales y, como dijeron en aquel momento un par de ministros con su voto particular, el derecho al disenso. El día del debate no podía dejar de pensar en el siguiente fragmento: “o tal vez un verso lopezvelardiano/ de cuya influencia estoy lejos” y disentir.
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Veo un programa especial sobre López Velarde y, acto seguido, brinco para releer “La suave patria”. Tenía más de diez años que no visitaba esos versos. Los leo ahora diferentes, con toda su genio, garbo y música. Los vuelvo a leer hasta que surge un fervor lopezvelardeano. Empiezo a pensar en la idea de patria, ahora tensada por la matria. Pienso en la poesía política, cívica, revolucionaria, iuspoética, etc., y en las luchas sociales que han ganado derechos a lo largo de las décadas. Pienso, “hay que continuar”. Entonces me puse manos a la obra. Desde entonces escribo un poema.
Un extraordinario personaje, para algunos considerado desafortunadamente un poeta menor pero que es, en palabras de Octavio Paz un poeta de provincia, del erotismo, de la Revolución. La patria que Velarde contempla es el lugar bello e íntimo del mexicano, el nido que nos sirve de refugio ante las calamidades e injusticias de un México desdichado y víctima del poder. La suave patria es un poema que permanece vigente, siempre es bueno volver a su lectura.
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