Reseña de "La fiesta del Chivo" | Mario Vargas Llosa (1936)
En La
fiesta del Chivo asistimos a
un doble retorno. Mientras Urania Cabral visita a su padre en Santo Domingo,
volvemos a 1961, cuando la capital dominicana aún se llamaba Ciudad Trujillo.
Allí un hombre que no suda tiraniza a tres millones de personas sin saber que
se gesta una maquiavélica transición a la democracia. Vargas Llosa, un clásico
contemporáneo, relata el fin de una era dando voz, entre otros personajes
históricos, al impecable e implacable general Trujillo, apodado el Chivo, y al
sosegado y hábil doctor Balaguer (sempiterno presidente de la República
Dominicana). Con una precisión difícilmente superable, el escritor peruano premio
nobel muestra que la política puede consistir en abrirse camino entre
cadáveres, y que un ser inocente puede convertirse en un regalo truculento.
“La
política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les
sirve a ellos”. Afirmaba Louis Dumur,
escritor y periodista francés. Es bien sabido para la mayoría de
latinoamericanos, que la historia de muchos de nuestros pueblos han sido
marcados por las dictaduras militares: argentina, Chile, Cuba, Brasil,
Paraguay, Honduras, Mexico (la dictadura perfecta) etc. y por supuesto ahora
Venezuela aunque Maduro no sea militar.
Mucha sangre derramada,
desaparecidos y por supuesto pobreza, desempleo, falta de garantías
constitucionales, inflación, e inestabilidad a todos los niveles. Cuando un dictador llega al poder por lo
general lo hace por dos caminos: rompiendo las reglas democráticas frente al
caos del civismo o por la inacción de una sociedad adormilada y aletargada
carente de conocimiento de sus derechos y del sentido democrático.
Nuestros países se han convertido
en pasto de llamas para que tiranos civiles o militares retomen los gobiernos
dictatoriales a vista y paciencia de la democracia y la justicia ciega y
violentada. El país que no le y no aprende está condenado a revivir sus
historias una y otra vez, socialismos y extremas derechas han provocado crisis
sociales sin precedentes, pero una buena parte de la responsabilidad está en
manos de la sociedad civil, si de esa misma sociedad que se lamenta de cómo y
porqué están las cosas así de malas, cuando no desea mover ni un dedo para
cambiarlas o al menos transformarlas.
Las leyes no cambian las
sociedades, las sociedades cambian por sus ciudadanos, los gobiernos no
solucionan nada, solucionan los problemas los hombres y las mujeres con visión
y con calidad moral de vida probada. La política es el arte de gobernar y de
servir ciertamente, pero vemos con desazón que cada campaña política en
nuestros pueblos se ha convertido en un mercado de propuestas irreales donde
los intereses comunes son sustituidos por los personales, por intereses
económicos aparejados de poder y corrupción, corrupción y autoritarismo que
trae retraso, más aun de mesianismos socialistas que nunca han dado bienestar
verdadero a la población y menos a los pobres que son cada vez más pobres.
En esta novela vemos plasmada la
realidad de los gobiernos dictatoriales de América Latina sin duda, donde el
único beneficiado es el tirano y su cúpula. Pero también hay una enorme
responsabilidad cívica y democrática del pueblo que sin civismo ni interés
verdadero por luchar en favor de la democracia posterga y endosa a terceros la
oportunidad de librarse de la mano opresora, mano que mata, desaparece e impone
una mano cruel, tirana y déspota…por ello el abusador avanza hasta donde el
cobarde se lo permite.
El gran problema que nos muestre el libro es que con cada cambio presidencial la población espera un cambio social, un cambio político, un cambio de entorno, un cambio positivo. Pero somos consientes de que muchas veces los resultados de esa esperanza se convierten en algo totalmente distinto, en un fruto amargo y poco provechoso. Por lo que es necesario cambiar esa esperanza en acción.
ResponderEliminarNatalia Mejía
Hemos compartido tan bien el pensamiento capitalista de “proporcionar la mayor felicidad al menor número” que nos ha hecho una sociedad ignorante, en dónde no nos importa por quienes somos gobernados, solo nos importa el bien individual.
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