Carta de Gabriela Mistral a su biógrafo

 


8 de julio de 1934

Gabriela Mistral

“Carta a mi biógrafo” (fragmento)

 

Recibí su libro hace dos meses. Mi silencio no le haga pensar que desagradezco lo que ha hecho usted por mí. El cariño tiene mucho precio y lo tiene también el entusiasmo, y su libro se resuelve en esas dos cosas: afectuosidad y fervor, más una paciencia grande para la búsqueda de datos. Yo soy también de los que quieren desmedidamente lo que quieren y por ser reo de su pecado lo entiendo sin que lo celebre: pecados míos me los excuso, no me los aplaudo.

Ganas tienen algunos amigos aristócratas de actitud y conducta de que yo lo zarandee a usted en persona ofendida. Yo tengo solamente deseos de decirle sus infidelidades a cargos que usted debió tomar en cuenta, y de repetirle, después de gran yerro lo mismo que le dije antes, previéndolos.

Varias cartas he recibido sobre su obra y las reacciones que ha creado en mi tierra. En una se me dice que debo yo decir algo sobre este libro estrepitoso que me hace mal en su falta de sobriedad y discernimiento y esta es de amigo letrado; otra me dice que hay quienes ven en la obra una empresa que yo he alentado; otra, que la propaganda de afiches que usted hace de ella me equipara a las mercancías y que esto no se junta con mi sencillez y mi honradez de carácter. Las tres parten del punto de vista de que yo he colaborado en su labor, cosa delicada, y como usted sabe, falsa.

Me parece malísimo que usted no publicase mi primera carta. Yo le he indicado que trabajase sobre otro escrito y que me dejase para más tarde o me eliminase de su preocupación. Me contestó usted con su insistencia cariñosa y algo tozuda de criollo. Entonces pensé que yo debía, a lo menos, ayudarle con lo que cualquier escritor ayuda: con artículos de crítica. Le mandé varios y buenos. Usted no los publicó sino en uno que otro párrafo ciento por ciento elogioso, haciendo así una especie de recolección de miel. La miel empalaga a las gentes y con harta razón. Hay derecho a tomarla solamente en turno con materias neutras o ácidas o amargas. Usted, que no pertenece a la familia de mi Montaigne, se rehusó a esa sabiduría universal de cualquier menú… De lo bueno poco y de lo dulce poco y más poco aún de la honra que en una tajada vale por el cuerpo entero.

Recortes sobre mis viajes se los mandé como se da materiales para esos trabajos. Debían servirle para un itinerario de mi vida en estos diez años de ausencia de Chile. Usted, a lo niño, los usó enteros, para contar recepciones y paseos. Y parece que ha conseguido que las gentes me tomen las penitencias por disfrutes. Cualquiera que me conozca sabe que la vida social no me da ningún placer.

Segunda queja: usted no publicó tampoco los párrafos de una carta en los cuales yo recomendaba pulso frío y rebanadora de la alabanza, el primero, añado, por deber de crítico, la segunda por racionalidad.

La publicación de dos y no de cuatro o seis cartas, es mala cosa; daña como todos los cortes en los documentos…

Muchas cosas de sus libros agradezco, y vivamente el recuerdo fijador de algunas deudas mías a nobles criaturas que me han ayudado a vivir;  la reproducción de mis ideas sobre el feminismo, que desharán mi leyenda de dirigente política de mujeres; la utilización de acápites de artículos sobre Chile que a lo menos mellarán mi reputación de chilena destacada; y… la anotación del día de mi nacimiento. He sabido por usted que nací el 6 y no el 7 de abril. No es poco. En este desconocimiento de un dato que las gentes se saben pudieran ver los que me sospechan de copartícipe de una glorificación, que yo me importo poco a mí misma. Morbos son igualmente importarse mucho y nada. El aborrecimiento de nosotros, predicado por los cristianos, no me convence. Me cuido un poquito el cuerpo desde que me falla y el alma, más, porque la pobre me sigue fallando…

Entre la avalancha de atributos que usted me regala en esa terrible escalera de virtudes, no reconozco si no una pieza verídica: la energía para la formación solitaria del carácter y la cultura. He vivido tremendamente sola, de infancia a madurez, en una soledad que ha solido darme vértigo. A eso se reduce mi caso; al de la energía, y esta virtud se la devuelvo gustosamente a mi raza; es pasta chilena la de mi carácter; andan en mí sangre disueltos los metales de mis cerros de Coquimbo. ¿Cree usted que no bastaba con dar eso? Bastaba, mi querido amigo Figueroa, y su libro puede ser escarmenado dejado eso que es lo único indudable.

 

Tomado de Gabriela Minstral, Carta para muchos. España, 1933-1935, Temuco, ediciones Universidad de La Frontera-Origo ediciones, 2014, pp. 229-230.

Comentarios

  1. La mujer que lucha y escribe debe ser recordada como tal porque al querer pintarla como todo lo bueno se le degenera a un ser mitológico, superior a lo que aqueja a los humanos. Se le hace musa cuando es creadora y se borra su dolor en virtud de una felicidad quimérica. Entonces no se preserva su memoria, más bien se diluye como todas las mujeres en la historia. La mujer ilustre también se enoja y siente soledad en el exilio, llora a solas seguramente, peca y ama, eso es memoria.

    Anasofía Moreno González

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  2. En la escritura no hay espacio para el vacío. Cuando se escribe sobre una persona, se busca también perpetuar su recuerdo y la historia completa que en ella se aloja, con sus abismos, sus guerras y heridas. Quien muestra el retrato impecable de alguien, termina por deshumanizarlo y reducirlo a una ficción.

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